Antes, no creía en el amor. Siempre había estado enamorada del típico tío que te quiere solo cuando le interesa. No creía en eso de “enamorarse a primera vista”. No creía que alguien podría ser capaz de hacer que mi mundo cambiara. Veía esos textos que escribía la gente para sus parejas y los encontraba una gilipollez, (como seguramente, habrá gente que piense eso de este), pero todo cambió el verano de 2010.
Cuando mi mejor amigo me dijo: “Te voy a presentar a un amigo mio de pequeños, es que sino no sale nadie más que nosotros y nos aburrimos.” Yo no quise salir. Me daba mucha vergüenza ir a dar una vuelta con alguien a quien no conocía. Me pasó el tuenti de aquel amigo suyo. Estuvimos hablando por chat y me pareció “majo”. A las 12 de la mañana, salimos.
Lo vi, me gusto mucho. Acabé enamorándome de él. Él se enamoró de mi, tuve suerte. Pero tuve que irme a Barcelona, mi ciudad. Hasta el próximo verano, dijimos. Yo pensaba que el no me esperaría. Que se enamoraría de otra en ese tiempo. Pero no, siguió esperándome. Por suerte o por desgracia, al siguiente año yo me iba a quedar a vivir muy cerca de él.
Desde aquel dieciséis de mayo de dos mil once, todo es diferente. Ya no soy una, somos dos. Ya no pienso por mi, pienso por nosotros. Ya no decido por mi, decido por los dos. Ya no me quiero a mi, le quiero a él. Y quiero pasar el resto de mis días a su lado.